Desde tener esperanza hasta odiar a todos

Ciudad del Tururú.- Llega el momento en la vida de todo chilango que se traslada en metro donde esos viajes se vuelven cada vez más horribles, “¿pero qué hice para merecer esto?”, se preguntan muchos usuarios de la limusina naranja cuando ven que llegarán una hora tarde a su destino, y todo porque el metro se detiene diez minutos en cada estación.

Este método de tortura ni la mismísima inquisición lo tenía, pues se trata de una combinación de tormento psicológico con sufrimiento corporal y una sensación de asfixia creciente. Y sabemos que cuando llueve, el metro empeora aún más, pues irá tan lento que bien podrías llegar antes si te fueras caminando, cosa que no harás porque qué hueva y porque las calles se vuelven peligrosos ríos y lagunas.

Sin embargo, tu estrés, angustia y desesperación no surgen repentinamente. Se trata de un proceso largo y doloroso que inicia cuando abordas el tres, aún lleno de esperanza, y termina cuando horas más tarde logras escapar del vagón. Así que veamos, pasito a pasito, cómo te vas desesperando cuando el metro va muy lento:  

 

Primeros cinco minutos: aún tienes esperanza. Piensas que en unos diez minutos llegarás a tu destino.

Diez minutos: Apenas has avanzado una estación, lleva cinco minutos detenido el tren. Comienzas a ver la hora cada diez segundos.

Quince minutos: Una macabra voz que sale de las bocinas de metro sentencia: “Debido a la lluvia, la marcha de los trenes será lenta”. Respiras profundo y maldices en silencio.

Veinte minutos: Comienzas a barajar posibilidades: salir y pedir un taxi, mejor llegar corriendo, tomar una Ecobici, o no llegar y rendirte.

Treinta minutos: Sabes que el metro huele el miedo, entonces haces como que no te importa y te pones a revisar tu celular, como si no pasara nada. Pero sabes que estás transpirando sufrimiento y desesperación.

Treinta y cinco minutos: Inician los chiflidos, los empujones, el sudor a chorros, el estrés masivo. Además, en cada estación se suben veinte y sólo bajan tres o cuatro, así que cada vez hay menos aire.

Cuarenta minutos: El metro juega con tus sentimientos, suena el “tuuuuu”, y pareciera que ya va a avanzar, pero no, vuelve a abrir las puertas y se queda detenido otros cinco minutos.

Cuarenta y cinco minutos: Empiezas a mandar mensajes de desesperación o par a disculparte porque no vas a llegar a tiempo. Maldices al chofer, al metro, a Mancera, al presidente, al Papa y al destino.

Cincuenta minutos: Juras que te irás a vivir cerca del trabajo, o te irás a una ciudad donde no haya tanto desmadre en el transporte público, o que vas a trabajar desde tu casa, o que tal vez intentarás salir con dos horas de anticipación.

Una hora: Aquí se cumple el ciclo e inicia la etapa masoquista. Finalmente llegas, y se te olvidan todas tus maldiciones, promesas y juramentos. Sientes que, al fin de cuentas, no estuvo tan mal tu viaje y te consuela saber que no eres el único que llegó tarde.


Source: DEFORMA